Fomentar la conciencia del niño
Las ocasiones en que nuestros hijos se equivocan y, debido a las consecuencias naturales, son conscientes de ello, constituyen herramientas utilísimas para la educación de la conciencia. Pero con frecuencia arruinamos su efecto torpemente. Para justificar esta afirmación sólo hay que pensar en la cantidad de veces que recriminamos a los niños cuando sufren las consecuencias de un acto realizado inadecuadamente. Nuestra respuesta en muchas ocasiones encaja con las siguientes expresiones: “Eso te pasa por no hacerme caso” “Si ya te lo he dicho yo muchas veces”; o abrumamos con explicaciones que ya conocen y no dejamos recapacitar por su propia iniciativa.
El resultado de este tipo de actuación es que los niños necesitan de una reprimenda para darse cuenta de que están haciendo algo equívoco. Dificultamos el proceso natural de aprendizaje moral cohercionando su conciencia, pues no la dejamos madurar lo suficiente como para que se active de manera autónoma. El efecto a largo plazo de no saber escuchar la propia conciencia es que no estarán entrenados en la reacción espontánea de rechazo del mal, todo lo contrario, necesitarán de un apoyo externo que les recuerde lo incorrecto, o se acostumbrarán a necesitar las consecuencias extras que añadimos los adultos, de tal manera que las naturales les podrán llegar a parecer insignificantes.
¿Por qué no probar a observar la reacción del niño sin nosotros castigar o reprender? ¿Por qué no escuchar los comentarios que pueda llegar a decir el niño en respuesta a lo que le ha ocurrido? ¿Por qué no dejar que su conciencia responda y le de la lección correspondiente sin necesitar de nuestra ayuda? A los niños les llegará el momento en que no nos tendrán alrededor para explicarles lo que está bien o mal, tendrán que sentirlo por sí mismos y tendrán que escoger por su propia iniciativa el bien. Dejemos que se desarrolle esa sensación de error y de malestar por haberse equivocado.
Cristina Gómez García de Paredes





